LOS MONIONS

Ante la incapacidad para mantener a sus malvados amos, tres valientes Minions emprenden un largo y emocionante viaje para encontrar una villana a quien servir, la terrible Scarlet Overkill.

ASESINOS INOCENTES

Viéndose en una situación muy comprometida, un joven universitario recibe una oferta: matar a su profesor de psicología. Es el mismo profesor quien ofrece a su estudiante esta manera de salir del aprieto.

APRENDIENDO A CONDUCIR

Una escritora de Manhattan decide sacarse el carné de conducir mientras se divorcia. Para ello toma clases con un refugiado político hindú que se gana la vida como taxista e instructor en una autoescuela.

EL PADRE

Mardin, 1915. La policía turca detiene a todo hombre armenio. Un joven herrero es separado de su familia. Años después, tras sobrevivir al genocidio, recibe noticias de que sus hijas gemelas están vivas.

LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS

Compartir piso puede ser un coñazo, pero Viago, Deacon, Vladislav y Peter tienen más problemas que discutir sobre quién lava los platos. Son vampiros y comparten casa en la Nueva Zelanda actual.

NOSOTROS Y YO

Las vidas de un grupo de adolescentes que recorren el mismo camino en autobús a través del Bronx y cómo evolucionan sus relaciones durante el último día de colegio.

PROFANACIÓN (LOS CASOS DEL DEPARTAMENTO Q)

El detective Carl Mørck y a socio Assad, del Departmento Q de la Policía de Copenhague especializada en casos especiales, investigan el brutal asesinato de dos jóvenes gemelas en una casa de verano.

LOS CABALLEROS DE DIOS

Yachine malvive con su familia en un poblado de chabolas de Casablanca. Cuando su hermano Hamid sale de la cárcel convertido en un islamista radical le convence para que se unan a sus ‘hermanos’.

CUESTIÓN DE ACTITUD

Tras la muerte de su madre, Dany y su hermano Odysseas, de 16 y 18 años, emprenden la ruta de Atenas a Tesalónica para buscar a su padre, un hombre griego que nunca han visto.

miércoles, 1 de julio de 2015

(1) SAN ANDRÉS, de Brad Peyton.

ODISEA FAMILIAR EN CONTEXTO APOCALÍPTICO

Digno sucesor de aquellas ingenuas y grandilocuentes producciones setenteras cuyo argumento principal giraba en torno a desastres naturales o accidentes de proporciones dantescas, San Andrés recupera la letra y el espíritu de un género, el de catástrofes, caracterizado por la generosidad presupuestaria y por estar dotadas de un amplio reparto de actores conocidos y múltiples líneas argumentales que se centran en los desesperados intentos de los personajes de evitar, escapar o resistir las consecuencias de la tragedia; ya sean accidentes aéreos, secuestros, incendios, terremotos, inundaciones, un volcán en erupción, la colisión de un asteroide, plagas o invasiones alienígenas. 

Por lo que respecta a la temática sísmica, desde la fundacional San Francisco (1936) los films que relatan la supervivencia a un gran terremoto han evolucionado considerablemente, sobre todo en el terreno de los efectos especiales, ya que su sobreexplotación comercial ha acabado por despojarle de cualquier elemento sorpresa. 




Así, San Andrés reproduce la predecible y endeble estructura narrativa de antaño: presentación apresurada de los personajes y sus relaciones —tanto de los principales como de los secundarios, la mayoría abocados a una muerte aparatosa y sorpresiva—, aparición de un experto de turno que advierte y explica las causas y consecuencias del cataclismo —aquí un agorero Paul Giamatti que roba con su presencia minutos a la trama principal—, desarrollo del conflicto con sucesivas secuencias de progresiva espectacularidad y el predecible rescate final, rodeado de épica y sentimientos a flor de piel. El entramado dramático de San Andrés, sintetizada en la odisea de un matrimonio en descomposición —Dwayne "The Rock" Johnson y Carla Gugino hacen lo que pueden— que resuelve sus diferencias mientras trata de encontrar a su hija desaparecida —de Alexandra Daddario sólo destaco sus ojos azules— me parece de una simpleza y de un esquematismo insultante, lo mismo que la entrañable historia de amor entre ésta y el joven que conoce en la empresa de su padrastro sazonada con las cómicas aportaciones de su hermano pequeño.

Por el contrario, la película impresiona por la hiperrealista plasmación gráfica de los efectos devastadores del seísmo que alcanza los 9.6 grados en la escala Richter asolando la costa oeste estadounidense, apabullantes imágenes que se suceden a lo largo del metraje con un sorprendente nivel de detalle. Esa es la única virtud de San Andrés, un liviano y entretenido pasatiempo estival.

Pau Vanaclocha



martes, 30 de junio de 2015

(3) NO MOLESTAR, de Patrice Leconte.

UNA HORA DE TRANQUILIDAD

Del francés Patrice Leconte hemos podido ver más de una docena de estimables películas, desde El marido de la peluquera (1990) a sus más recientes El hombre del tren (2002), Confidencias muy íntimas (2004) y Mi mejor amigo (2006). En esta ocasión ha adaptado una obra teatral de Florian Seller y la ha condensado en 79 minutos recurriendo a una mayor variedad de escenarios y a situaciones simultáneas que a veces se entrecruzan. El hallazgo casual en un mercadillo de un raro “vinilo” de jazz por un aficionado coleccionista de este tipo de música
en realidad, compuesta expresamente para el film por Eric Neveux es el pretexto que desencadena, a modo de perfecto mecanismo de relojería, toda la sucesión de acontecimientos conflictivos que impedirán al protagonista el brillante actor Christian Clavier disfrutar de su ansiado placer de oyente melómano.




Se podría calificar al personaje central, construido en buena medida como los de Molière, de ególatra insolidario ya que toda la comedia se apoya en sus intentos de sortear las atenciones y de evitar los problemas que le afectan respecto a su esposa, su amante, su hijo, su amigo y su vecino además de enfrentarse a los albañiles que están reparando una avería en su vivienda.

Relato divertido, trepidante y alocado
los ecos de la gran comedia norteamericana se hacen aquí patentes, No molestar se apoya en situaciones repletas de humor, en diálogos bien escritos y en unos actores acertados Carole Bouquet y Rossy de Palma son los más conocidos además de en un ritmo implacable que permiten a los espectadores identificarse con las obsesiones y tretas del protagonista. 

En las dos secuencias finales, el film cambia de tono para ponerse más trascendente: la mirada fija y persistente de la niña filipina hace de espejo en el que se reflejan las pequeñas mezquindades de las que se hace consciente Mr. Leproux y la visita final a su padre, internado en una residencia, añade el toque humano a la narración, con el reconocimiento postrero de quien inculcó a su hijo la afición al jazz, incluso ahora que su pérdida de memoria hace ya imposible la comunicación afectiva entre ambos.

José Vanaclocha


(3) UNA SEGUNDA MADRE, de Anna Muylaert.

VAL, EMPLEADA DEL HOGAR

Esta película brasileña es fruto de la actualización de un antiguo proyecto de Anna Muylaert, que ha tenido que poner al día la relación entre una familia burguesa de Sâo Paulo y su asistenta, alojada en la misma casa y encargada de la crianza de un niño convertido ya en adolescente. Galardonado con el premio especial del jurado en Sundance 2015, el film ubica la trama principalmente en una lujosa mansión familiar y centra su mirada en la relación entre los amos y la criada, una cuestión básicamente socio-económica (señores y servidores) pero también con sus derivaciones psicológicas (la magistral El sirviente de Joseph Losey, 1963, con su estilización expresiva de índole brechtiana) y morales (Porcile de P. P. Pasolini, 1968, con el forastero que viene a alternar la “normalidad” del hogar).

Una segunda madre se acoge al estilo habitual del costumbrismo y la cotidianeidad pero sin obviar la dimensión colectiva del relato (empleadas domésticas procedentes de pequeños pueblos y desplazadas a la gran ciudad en busca de trabajo; los niños dejados al cuidado de las tatas, etc.), el film cobra una significación más profunda si se tienen en cuenta los cambios que la modernidad y las leyes de los últimos gobiernos progresistas han aportado al país haciendo evolucionar unas costumbres que se mantenían ancladas en un pasado colonial.




La llegada a la casa señorial de Jessica, hija de la sirvienta Val, para intentar el acceso a la universidad nos ilustra no tanto sobre la existencia de una mayor porosidad entre clases sociales como sobre la falta de prejuicios de una joven generación que ya no respeta las normas impuestas y acatadas desde tiempos remotos. Aunque, a mi juicio, la riqueza del film se pone en revidencia, sobre todo, mediante una lectura valorativa de los signos empleados en la narración, pues las relaciones de clase se estructuran y consolidan merced a una serie de ritos (gestos), estimaciones (normas establecidas), lenguaje (de superioridad o de dependencia) y, de una manera especialmente sintomática, mediante la ordenación jerárquica de los espacios físicos ocupados, permitidos unos y vetados otros, como la piscina, el salón, la cocina, el sótano, etc. 

Una segunda madre retrata posiblemente el fin de una época y el nacimiento de otra, con el acceso a la cultura de las capas populares, el dominio de la mujer sobre su propio cuerpo y la desaparición del servicio doméstico entendido como un vínculo feudal para dar paso a unas nuevas condiciones laborales reguladas por el mercado del trabajo asalariado. Una puerta abierta al futuro que, por lo que ya sabemos, también plantea sus particulares conflictos.

José Vanaclocha



miércoles, 24 de junio de 2015

(2) EL NIÑO 44, de Daniel Espinosa.

UN MONSTRUO EN EL "PARAISO"

Pese a los denodados esfuerzos de la propaganda soviética de “vender” al resto del mundo el supuesto paraíso socialista, el crimen y la delincuencia en la sociedad rusa eran tan habituales como en las de los países occidentales. Teóricamente, la ausencia del egoísmo individualista inherente al sistema capitalista privaba a las personas de la ambición desmedida que se materializaba en el robo, la extorsión o el asesinato. De hecho, no existía un departamento policial dedicado a estas fechorías consideradas consustanciales al capitalismo. No obstante, nada más lejos de la realidad, pues no solo seguía habiendo delitos por motivos económicos sino que también se cometían por motivos pasionales y por desequilibrios psicológicos, nada que ver con factores de índole política. La psicopatía generó horrendos crímenes en la U.R.S.S., siendo el más sonado los cometidos por el llamado Carnicero de Rostov, el mayor asesino en serie de la Unión Soviética por cometer 52 asesinatos entre 1978 y 1990, la mayoría de niños.

Precisamente, inspirado por este horripilante episodio, Tom Rob Smith escribió su famosa novela El niño 44 (2008), ambientada en la época de la Rusia estalinista. En ella, un agente del servicio secreto, antiguo héroe de guerra, investiga una serie de asesinatos que le llevará a resolver los enigmas de su dura infancia, al mismo tiempo que es víctima del sistema para el que trabaja.




Producida por Ridley Scott y dirigida por el sueco-chileno Daniel Espinosa, El niño 44 destaca por la recreación meticulosa de la Rusia de 1953, bajo la férrea jefatura de Stalin. El liderazgo de este dictador tiránico y despiadado condujo a la época de máxima represión política y social, siendo conocidas sus purgas no sólo de disidentes y minorías marginadas sino también de aquellos que le hicieran sombra o intentaran atemperar sus instintos genocidas. Correctamente ambientada y con una puesta en escena de lujo, la película describe con detalle la vida cotidiana en aquel régimen totalitario: el control absoluto del ciudadano en todos los niveles de su existencia, la censura del Estado contra cualquier discrepancia, el dogmatismo del discurso oficial, la arbitrariedad, la impunidad del poder y la sumisión como principal estrategia de supervivencia...

Es en este contexto donde se desarrolla la trama detectivesca de Leo y Raisa, una pareja que sufrirá la degradación profesional de él y el hostigamiento de ella, sospechosa de conspirar contra el gobierno. Desencantado por las trabas de sus superiores a continuar con la investigación del asesinato del hijo de su mejor amigo, el protagonista acaba enfrentándose al sistema y prosiguiendo sus pesquisas hasta que encuentra el autor de tantas muertes y denuncia a los corruptos dirigentes que impiden el esclarecimiento del caso. Narrado con eficacia, El niño 44 posee un ritmo ágil y creciente en intensidad, salvo alguna subtrama sentimental añadida como concesión a la taquilla. Por lo que respecta a la labor actoral, tanto Noomi Rapace como Tom Hardy cumplen su papel con solvencia, aportando la faceta humana de dos personajes que deben enfrentarse a un régimen liberticida y redescubrirse como marido y mujer cuando se destapan los secretos y mentiras sobre los que se cimenta su relación. Por su parte, Gary Oldman se luce en su ya papel habitual, el de comisario.

Sin duda, entretiene este thriller de época libremente inspirado en hechos reales.

Pau Vanaclocha




martes, 23 de junio de 2015

(3) WHITE GOD, de Kornél Mundruczó.

LA REBELIÓN DE LOS CÁNIDOS

Este quinto largometraje del húngaro Kornél Mundruczó, de quien se estrenó en Valencia Delta (2008) en torno a la relación incestuosa entre dos hermanos, está dedicado al gran cineasta magiar Miklós Jancsó y es una fábula
premiada en el festival de Cannes y por Eurimages 2014— elaborada con abundancia de elementos simbólicos, todo lo cual propicia la construcción de un relato metafórico sobre la violenta supremacía de la civilización blanca occidental capaz de crear insostenibles desigualdades e injusticias en este mundo globalizado.

Según el realizador, White god es una combinación de melodrama y de cine de aventuras que incluye una trama de venganza cuya concepción debe no poco, en su inspiración, a las novelas del sudafricano J. M. Coetzee con su condena del apartheid. La intención de
Kornél Mundruczó ha sido la de alcanzar una validez universal aunque, evidentemente, la película va dirigida especialmente a Hungría, con unas elites privilegiadas encaramadas sobre un pueblo lleno de privaciones, como se desprende de la elección como leit-motiv musical de la famosa y emblemática “Rapsodia húngara” nº 2 de Franz Liszt (1811-1886), incluyendo un antiguo cartoon  alusivo de Tom y Jerry que ya pude disfrutar en mi adolescencia.




Si la raza blanca (el dios blanco) es la dominante, la gran multitud de pobres, explotados, marginados e inmigrantes puede estallar algún día contra los abusos
la extrema derecha húngara ha alcanzado un gran poder y en la fábula fílmica que ahora nos llega “el mejor amigo del hombre” se rebela contra el maltrato que sus amos les prodigan: protección de las razas puras, impuesto contra el mestizaje, abandono de canes, cárceles-asilo para perros sin dueño, exterminio de los defectuosos, peleas organizadas para apuestas, etc. El rodaje se realizó no sin dificultades pues se utilizaron unos 250 animales procedentes de refugios que luego fueron adoptados por particulares. La filmación de sus reacciones instintivas, el montaje selectivo de imágenes y algunos efectos digitales permitieron unos resultados bastante estimables.

Como reparo, quizás sobren 20 minutos de metraje cuya eliminación evitaría reiteraciones y estancamientos narrativos que no aportan ideas nuevas. Pero posiblemente el principal defecto sea que, como metáfora, significantes y significados no se hallan siempre perfectamente ensamblados: la niña amiga y protectora del perro Hagen es también objeto de persecución
el género humano como un bloque, sin matices y lo que empieza como una historia naturalista deriva en un relato de ciencia-ficción animales inteligentes y organizados para la revancha. Pese a todo, recomendable.

José Vanaclocha




jueves, 18 de junio de 2015

LOS GÉNEROS CINEMATOGRÁFICOS (II): EL MUSICAL

LA ÉPOCA DORADA DE HOLLYWOOD

Así como el western constituye un género monolítico, con reglas inviolables, el musical no discurre por esos derroteros. Se considera cine musical cualquier película con música, baile o canciones. Por tanto, el género musical es un totum revolutum, un cajón de sastre donde cabe todo: a) comedietas románticas más o menos graciosillas donde se cante, se baile, aunque sea patinando sobre hielo y salga alguna famosa big band de la época: Glen Miller, Benny Goodman... (años 30 y 40). b) mismo planteamiento, pero las películas están más cuidadas en guiones y coreografía; incorporación del color (finales de los 40 y décadas posteriores). c) adaptaciones de los musicales de Broadway, tanto con actores de carne y hueso como en dibujos animados (año 1950 y siguientes). He procurado desplegar un amplio abanico de opciones con diez directores distintos que firman películas totalmente diferentes.  




También añadiré al final una serie de títulos que configuran a mi juicio, junto con estos diez, la historia del musical hasta la década de los 60, en la que languidecía hasta casi desaparacer. Posteriormente el género recuperó su esplendor y se rodaron estupendos musicales, pero no constituyen el objetivo de esta crónica.  

1.- La calle 42 (42nd Street, 1933), de Lloyd Bacon.                           
Rodada en 1933, con la gran depresión en su apogeo, sitúa la acción un año antes, cuando dos productores de Broadway deciden poner en pie un espectáculo musical, Pretty Lady, contando con la fuerte inversión de un rico industrial, "protector" de la que deberá ser la vedette. La película nos cuenta, desde el inicio de los castings hasta la noche del estreno, las vicisitudes del director contratado, un veterano primer espada en horas bajas, enfermo y arruinado por el crack del 29, y las intrigas entre la vedette, la chica y las demás coristas. Por allí andan  Dick Powell y una jovencita Ginger Rogers. Los últimos veinte minutos, la noche del estreno, los  ocupan tres espléndidos números musicales, finalizando con el que da título al film, 42nd Street, con las deslumbrantes coreografías de Busby Berkeley, en su primer trabajo para la Warner. Para quienes desconozcan al personaje: Berkeley revolucionó el campo de la coreografía en el cine con sus arriesgados encuadres, sus movimientos de cámara y sobre todo sus figuras geométricas usando a las coristas como elementos de un calidoscopio viviente. No es fácil de explicar. Os sugiero intentar verlo on line. Mejor en un cine, claro, pero lo veo difícil.

La película logró un gran éxito y es un referente siempre que se hace historia del musical de Hollywood. En 1998 fue incluída en el National Films Registry, que había sido creado en 1988 por el Congreso de los EEUU para preservar cada año las 25 películas más significativas cultural, histórica o estéticamente. El único requisito es tener una antigüedad superior a diez años. Una especie de estrellas michelín del cine. Seguro que volveremos a tener ocasión de hablar del citado registro en otras crónicas. Ahora debe haber casi setecientos títulos en la Biblioteca del Congreso, entre largometrajes, cortos, documentales, hasta películas caseras. Todo lo que estime digno de preservar la Junta Nacional de Conservación del cine.

2.- Sombrero de copa (Top Hat, 1935), de Mark Sandrich.
De las ocho películas que protagonizó la pareja de baile Fred Astaire y Ginger Rogers, he escogido esta por varias razones, pero la principal, la que por sí sola justificaría la inclusión es que aquí la pareja baila una de mis canciones favoritas, Cheek to cheek (antes de ponerse a bailar en serio la canta enterita Astaire. Si podéis, saltároslo; no era Sinatra precisamente, no sé porque se empeñaba en cantar una y otra vez). ¡La de veces que se la he escuchado a Ella Fitzgerald y Louis Armstrong!. Una gozada. Por lo demás, la frágil peripecia argumental se salva, en parte, por la presencia de uno de los grandes secundarios de Hollywood, Edward Everett Horton; pero lo que realmente la mantiene viva son las canciones de Irving Berlin: además de la citada, Top hat, White tie and tails y I'm Funcy free, y los consiguientes bailes de la pareja.

3.- El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming.                
Por estas fechas andaba también Fantasía, de Walt Disney (1940), pero me he decidido por la adaptación al cine de este cuento de L. Frank Baum con moraleja final,cargada de ironía, The wonderful Wizard of Oz, que todos los años tenemos oportunidad de ver en los frecuentes pases televisivos y comprobar cómo, a pesar de sus casi ochenta años, conserva una agilidad y una frescura que para sí querrían muchos de los films para niños y/o adultos que se hacen ahora. Una Judy Garland con 17 años da vida a Dorothy, que debe andar por los 12, y nos la creemos. La Metro ya le había dado algún papelito de adolescente, junto a Mickey Rooney, en la serie del juez Harvey y ese mismo año en Los hijos de la farándula, también con Rooney, dirigido por Busby Berkeley, pero fue El mago de Oz lo que la catapultó al estrellato. Oscar a la música original de Arlen y Harburg y a la mejor canción, Over the Rainbow, que canta maravillosamente Judy Garland al principio de la película. 

4.- Cantando bajo la lluvia (Singin'in the rain, 1952), de Stanley Donen y Gene Kelly.
Se puede repetir casi al pie de la letra, cambiando el género, lo que dijimos la semana pasada con relación a Centauros del desierto: es, para muchos entre los que me incluyo, no solo el mejor musical de la historia del cine, sino una de las diez mejores películas de todos los tiempos. Supongo que no habrá un solo lector que no la conozca (y si lo hay, que se apresure a subsanar esa grave laguna en su educación), por eso no voy a hacer ningún comentario. Únicamente, un par de apuntes personales: a) Nunca me he reído tanto como viendo a Donald O'Connor cantar y bailar Make them laugh y b) El sexo explícito nunca ha logrado provocarme la más mínima excitación, pero contemplar la interminable pierna de Cyd Charisse... 

5.- Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen prefer blondes,1953), de Howard Hawks.
¿Recuerdan que al comentar Río Bravo dijimos que nos volveríamos a encontrar con Hawks?. Ya lo tenemos aquí otra vez, y no sera la última. Gran comedia, adaptación a la pantalla del musical de Broadway sobre la novela de Anita Loos con una brillante puesta en escena casi minelliana y unos números musicales espectaculares. Mención especial para el más conocido, Diamonds are a girl's best friend cantado por una Marilyn Monroe en estado de gracia. Ella y Jane Russell nos regalan una divertida versión de chicas guapas buscan marido rico, tema recurrente en las comedias del Hollywood de la época.

6.- Brigadoon (Brigadoon, 1954), de Vincente Minnelli.
Probablemente, a la hora de escoger un musical de Minnelli, debería haberme decantado por Un americano en París (1951), o Gigí (1958), incluso El Pirata (1948), excelentes todas ellas, pero he preferido incluir Brigadoon porque creo que  ha sido injustamente tratada. La he revisado recientemente y sigue pareciéndome una película mágica, con esa magia que tan bien se adapta a las leyendas celtas, transcurra la acción en Escocia o en Galicia.

Una pregunta para cinéfilos. Cuando vistéis, en la estupenda película de Tim Burton, Big Fish a Ewan McGregor llegar a aquel pueblo fantasmal llamado Spectre, ¿no os acordásteis de Brigadoon? Yo, sí.

Si no la habéis visto, procurad haceros con ella. Quizás formalmente no sea tan espectacular como otros trabajos del mago Minnelli, pero os garantizo que disfrutaréis. 

7.- West side story (West side story, 1961), de Robert Wise y Jerome Robins.
En 1957 se había estrenado en Broadway este musical, basado en Romeo y Julieta. La música la compuso Leonard Berstein; una vibrante partitura, jazzística, con algunas canciones que perduran, a pesar del tiempo transcurrido. La película refrendó el éxito de la pieza teatral en todo el mundo. Fue nominada a 11 oscars y casi hace pleno, con lo que hubiera igualado a Ben-Hur (1959), pero se quedó con  10, se le escapó a Ernest Lehman el de mejor guión adaptado, pero es que de nuevo nos encontramos con una extraordinaria cosecha: estaba George Axelrod con Desayuno con diamantes; estaba Carl Foreman con Los cañones de Navarone; estaban Sidney Caroll y el director Robert Rossen con El buscavidas, pero se lo llevó el menos conocido Abby Mann por Vencedores o vencidos.

Una curiosidad: dos años más tarde fue nominada al oscar a la mejor película extranjera la española Los Tarantos, de Francisco Rovira Beleta que adapta una obra teatral de Alfredo Mañas y la convierte en un musical flamenco en el que la rivalidad de los Tarantos y los Zorongos, dos familias gitanas del Somorrostro barcelonés y el amor entre un taranto y una zoronga desencadena la tragedia. Antonio Gades y Carmen Amaya ponían con su baile la nota de calidad a la cosa.  
       
8.- My Fair Lady (My Fair Lady, 1964), de George Cukor.
En 1913 se estrenó Pygmalion, de George Bernard Shaw basada en el mito de la estatua labrada en marfil por Pigmalión, rey de Chipre, que cobra vida y le seduce. Obtuvo un gran éxito que se ha ido repitiendo cada vez que ha sido de un modo u otro, recreada. Triunfó la comedia, triunfó en 1939 la película británica  dirigida por Anthony Asquith con Wendy Hiller y Leslie Howard, triunfó en 1956 en Broadway My Fair Lady, adaptación musical que llevaron a cabo Alan Jay Lerner y André Previn e interpretaron Julie Andrews y Rex Harrison y triunfó ocho años después la película de Cukor en la que repitió Rex Harrison y el papel de Eliza Doolittle recayó en una deliciosa Audrey Hepburn.

Es conocida la extraordinaria sensibilidad de Cukor para dirigir actrices, su habilidad para sacarles lo mejor de sí mismas. En la memoria permanecen sus trabajos con Katherine Hepburn, a la que dirigió en 10 ocasiones, desde 1932 hasta 1979, la friolera de 47 años después. Recordemos Mujercitas, Vivir para gozar, Historias de Filadelfia, La costilla de Adán... pero ahora toca hablar de la otra Hepburn.

Aconsejo verla -oirla- en versión original. Es cierto que fue doblada para las canciones por una soprano poco conocida, Marnie Nixon, pero su interpretación en la parte hablada, la evolución que lleva a cabo en la forma de expresarse, desde el cookney barriobajero inicial hasta el perfecto inglés en el baile de presentación en sociedad, gracias a la casi inhumana preparación del profesor Higgins es una maravilla, como la lluvia en Sevilla, traducción muy libre en la versión doblada al español de The rain in Spain is mainly in the plain. Y está preciosa siempre, incluso al principio, sucia y desgreñada. Y con el vestido y el sombrero que luce en las carreras de Ascot y el del baile citado... yo no estoy especialmente dotado para apreciar la belleza de los vestuarios femeninos -ni masculinos- pero he de reconocer que esta señora consigue que me fije en ellos. Estoy pensando también en Desayuno con diamantes. El caso es que se hizo con 8 Oscar, incluídos los de mejor película, mejor dirección para Cukor y mejor actor para Harrison.

9.- La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint your wagon, 1969), de Joshua Logan.
De nuevo una adaptación de un musical de Broadway, estrenado en 1951 con música de Frederick Loewe y libreto de Lerner que colaboró con el excelente guionista Paddy Chayefsky en la elaboración del guión de la película, una larga bocanada de aire fresco desde su inicio hasta la zarabanda final. Dirigida con buen pulso, como siempre, por Joshua Logan e interpretada por unos aceptables Jean Seberg y Clint Eastwood y un extraordinario Lee Marvin, que certifica que  también está dotado para la comedia. Y además, canta bien. Su interpretación de Wand'rin' star se mantuvo largo tiempo en el hit parade.

y 10.- Cabaret (Cabaret, 1972), de Bob Fosse.
Está casi fuera de fecha, pero he creído oportuno incluírla, primero, porque con ella comienza ese resurgimiento del musical de que hablaba al principio. Su rotundo éxito, artístico y sobre todo comercial, hizo renacer de sus cenizas a un género que languidecía. Y segundo, porque en su estreno me impactó enormemente. Lo que más me impresionó, hasta el punto de tenerme desazonado varios días, fue aquella secuencia espeluznante en una gira campestre en la que un adolescente uniformado (una especie de boy scout), de aspecto angelical empieza cantando una balada bucólica que poco a poco va cargándose de fervor patriótico a la par que el muchacho se transfigura, se endurece. ¡Qué miedo daba aquéllo! Había en el film palizas a judíos y la inquietud creciente de personajes como el de Marisa Berenson, pero a mí, lo que me acojonó de verdad fue aquel chaval.

Liza Minelli, estupenda. Su mejor trabajo para el cine, sin duda. (Tampoco se ha prodigado demasiado)
.




Otros títulos relevantes:

Alan Crosland
El cantor del jazz (1927), considerada la primera película sonora de la historia del cine.
 
Mark Sandrich
La alegre divorciada (1934)
Sigamos la flota (1936)
Ritmo loco (1937), todas protagonizadas por la pareja Astaire/Rogers.
 
Mervin LeRoy
Vampiresas 1933 (1933)
La primera sirena (1952)
Rose Marie (1954)                                                   
 
Busby Berkeley
Vampiresas 1935 (1935)
Los hijos de la farándula (1939)
Armonías de juventud (1940)
 
Walt Disney
Blancanieves y los siete enanitos (1937)
Fantasía (1940)
Pinocho (1940)
Dumbo (1941)
 
Michael Curtiz
Yanqui Dandy (1942)
Noche y día (1946), un biopic sobre la figura del compositor Cole Porter bastante tontorrón, con un Cary Grant en la que es, probablemente, su peor interpretación. De todos modos, puede verse, aunque solo sea  por los números musicales.
Navidades blancas (1954)
 
George Sidney
Escuela de sirenas (1944)
Levando anclas (1945), el pianista valenciano José Iturbi se interpreta a sí mismo y tiene bastante papel. Está bien.
Magnolia (1951)                    
 
Vincente Minnelli
Cita en San Luis (1944)
El pirata (1948)
Un americano en París (1951)

Melodías de Broadway (1953)
Gigí (1958)
 
Stanley Donen y Gene Kelly
Un día en Nueva York (1949)
Siempre hace buen tiempo (1955)
 
Stanley Donen
Bodas reales (1951)
Siete novias para siete hermanos (1954)
Una cara con ángel (1957)
 
Gene Kelly
Invitación a la danza (1956)
Hello, Dolly! (1969)                                                      
 
Joseph L. Mankiewicz
Ellos y ellas (1955), un musical atípico, pero ya sabemos lo difícil que es encasillar a Mankiewicz.
 
Walter Lang
Luces de candilejas (1954), ojo a Marilyn.
El rey y yo (1956)
Can Can (1960)
 
George Cukor
Ha nacido una estrella (1954)
Las girls (1957)
El multimillonario (1960), de nuevo, atención a Marilyn.
 
Otto Preminger
Carmen Jones (1954)
Porgy & Bess (1959)
 
Joshua Logan
South Pacific (1958)
Camelot (1967)       
 
Robert Stevenson
Mary Poppins (1964)
 
Robert Wise
Sonrisas y lágrimas (1965), cinco oscars, incluído los de mejor película y mejor dirección, dos globos de oro, el David  de Donatello para Julie Andrews. Entonces, ¿por qué no la he incluído entre las diez? Porque no la aguanto, porque la encuentro cursi, empalagosa, insoportable. Y la película, también.
 
William Wyler
Funny girl (1968)


Alfredo





(3) LOS INSÓLITOS PECES GATO, de Claudia Sainte-Luce.

EL COMPLEJO Y DINÁMICO UNIVERSO FEMENINO

¿Tiene género el cine? No me refiero a los géneros cinematográficos, que clasifican las películas por elementos comunes reconocibles en cuanto al tono, ambientación, argumento o formato. Es decir, ¿podemos afirmar que un film es femenino o masculino, más allá de aplicar diversos clichés sobre la temática, el tratamiento de los personajes o el punto de vista narrativo? Tras sesudos debates con amigos y compañeros de profesión, no pocos hemos llegado a la conclusión de que, efectivamente, hay producciones realizadas
principalmente por mujeres, sobre mujeres y para mujeres cuya mirada y expresividad revela una condición inequívocamente femenina. Por supuesto que esta cuestión sigue abierta a discusión...

Esta reflexión viene a colación por el estreno de Los insólitos peces gato, opera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce, quien se inspira en experiencias autobiográficas para abordar un valioso relato sobre la amistad creciente entre una triste y solitaria joven que ingresa en un hospital tras un ataque de apendicitis y una madre de mediana edad gravemente enferma ingresada previamente. Nos encontramos, pues, ante una historia mínima, sin gestas ni estridencias, pero repleta de sentimientos y vitalidad. La directora se esmera por plasmar un complejo y dinámico universo femenino formado por diálogos, gestos faciales y corporales, detalles, silencios, acciones e inacciones imperceptibles que van sembrando una relación cada vez más estrecha entre los personajes.




Todo ello combinando con exquisito equilibrio drama y comedia, dolor y placer, la lágrima y la sonrisa cómplice ante la sucesión de emotivas pero contenidas escenas cotidianas de una familia y una extraña que se va instalando progresivamente en su hogar, como una integrante más del núcleo familiar. Esta es, precisamente, la gran virtud de Los insólitos peces gato: la ausencia de exceso sentimental. Claudia Sainte-Luce rehúye del melodrama mal entendido como empacho de sensiblería, pese al delicado asunto de la pérdida de un ser querido. Realmente, enfocar la muerte por enfermedad incurable de la forma respetuosa y delicada como lo hace merece una gran alabanza. 

Pero Los insólitos peces gato habla de más cosas. Muestra la soledad como un mal endémico en la vida moderna, la insatisfacción que provoca un empleo tan monótono como poco gratificante, la peliaguda educación de los hijos y de cómo estos deben enfrentarse a su ineludible madurez. El balance final, pese a todo, es una contagiosa  joie de vivre que emana de quien menos te esperas, en una hermosa lección vital: la agónica Marta enseña a Claudia, la joven protagonista, el camino hacia una felicidad compartida con los demás miembros del clan.

Pau Vanaclocha



miércoles, 17 de junio de 2015

(1) JURASSIC WORLD, de Colin Trevorrow.

DINOSAURIOS A LA CARTA

Escribo este artículo sabiendo que el estreno de Jurassic World es el más lucrativo de la historia. Sus 511 millones de dólares recaudados el primer fin de semana de su exhibición comercial en todo el mundo convierten la cuarta entrega de la conocida franquicia en una máquina “letal” de hacer dinero, batiendo el récord que hasta ahora ostentaba Harry Potter y las reliquias de la muerte: Parte 2 (2011), que se quedó en los 494 millones. 

Resulta evidente que la moda de los dinosaurios sigue vigente, gracias a la fascinación que causa en el ser humano la pretérita existencia de tan grandiosos y fieros animales y, también, a una agresiva campaña de marketing que ha convertido este film en todo un evento global. Pronto asistiremos a una previsible invasión de juguetes, videojuegos y series de TV para recuperar la inversión.




Reconozco que soy uno de los numerosos espectadores que quedaron anonadados ante la fantástica aventura que narraba Parque Jurásico (1993) cuyo hito fue el empleo de la realidad virtual para recrear estos reptiles gigantes con un realismo sorprendente. Por ello contemplé con decepción cómo explotaban el filón con discretas secuelas: El mundo perdido (1997) todavía conservaba el espíritu de la productora Amblin —fundada en 1981 por el director Steven Spielberg y los productores Kathleen Kennedy y Frank Marshall—; pero Parque Jurásico III (2001) ya era un pálido reflejo del título fundacional. 

¿Qué es lo que falló? Básicamente la mera repetición de la fórmula, buscando sorprender al público con dinosaurios más grandes, más fieros y más inteligentes. Y poco más. Progresivamente, el apego a la base científica se fue diluyendo a favor de la espectacularidad. Si en la primera entrega ya predominó la decisión de hacer dinosaurios que diesen miedo —por ejemplo aumentando arbitrariamente el tamaño de algunos de ellos, como los célebres velocirraptores—, en esta se introducen elementos que comienzan a chirriar entre los avezados del mundo prehistórico: además de la godzilización de las especies, se domestican velocirraptores, adiestrándolos como obedientes soldados; se les concede el poder de comunicarse entre ellos y organizar ataques en grupo; y lo que es más grave... nos introducimos en el peliagudo tema de la ingeniería genética, que permite el diseño a la carta de las bestias. La clonación, la hibridación, la mutación... Ahí ya se rompe el pacto de verosimilitud de la película: comenzamos a desprendernos de un mínimo sustrato científico para adentrarnos en la pura fantasía. Lo siguiente serán monstruos fantásticos sacados de un delirio surrealista, o dinosaurios cibernéticos, o saurios hablantes cuya inteligencia les permite someter a la Humanidad.

¿Era necesario inventarse un nuevo superdepredador, denominado Indominus Rex, que asumiera el papel de villano cuando ya existe el maravilloso T-Rex? ¿No da suficiente miedo ya, que se ha de cruzar el ADN de numerosos animales para crear una especie nueva? Sobre todo cuando en el desenlace un Tiranosaurio “normal” ayuda a eliminar al malvado Indominus. ¿Una reivindicación de lo tradicional, de lo auténtico? Jurassic World se limita a repescar un éxito del pasado para revigorizarlo y ofrecerlo al público actual, demostrando una preocupante falta de ideas. Resulta revelador el guiño nostálgico a Parque Jurásico, con quien comparte tramas calcadas, secuencias parecidas y personajes análogos.


Y una última pregunta: ¿cuántas veces tendrán que inaugurar un parque de dinosaurios para darse cuenta de que es una pésima idea?

Pau Vanaclocha



martes, 16 de junio de 2015

(4) HABLAR, de Joaquín Oristrell.

CALLES Y GENTES DE LAVAPIÉS

Película admirable e insólita cuyo germen se encuentra en la Escuela de actores de Cristina Rota y en un guión de Joaquín Oristrell (Barcelona, 1953) a quienes hay que añadir las aportaciones de muchos de los intérpretes a la hora de construir sus propios personajes y diálogos. Nos encontramos ante un verdadero film “coral” con cortas intervenciones de una treintena de conocidos actores y actrices que se reparten los escasos 79 minutos del metraje. Del Oristrell realizador me gustaron especialmente Sin vergüenza (2001), Los abajo firmantes (2003) e Inconscientes (2004), aunque en esta ocasión simultanee sus propósitos experimentales en lo formal con un evidente compromiso crítico contra el actual momento socio-económico español, precisamente ahora que gran parte del cine nacional sobrevive cultivando un tono evasivo que da la espalda al grave e injusto estado de postración material y moral de gran parte de la ciudadanía.




Una característica fundamental de Hablar es que fue rodada en sólo tres noches de agosto en el barrio de Lavapiés, con elevadas dosis de improvisación y utilizando un único plano
en realidad fueron cuatro tomas hábilmente empalmadas, procedimiento que ya habían empleado, por lo menos, tanto Alfred Hitchcock (La soga, 1948) como Alexander Sokurov (El arca rusa, 2002) aunque recurriendo a un montaje “invisible” debido a que los rollos de celuloide sólo permitían entonces diez minutos de filmación. En esta ocasión, la cámara de vídeo digital fue llevada a lo largo de 500 metros por las calles madrileñas, lo que exigió una perfecta coordinación entre los encargados de los focos, el camarógrafo y los intérpretes, que van entrando y saliendo de campo según lo ensayado previamente.

A mí me han interesado también los diálogos, que considero vivos, auténticos, emotivos e hilarantes, de una amargura de fondo atemperada por el sarcasmo y con un final de gran brillantez expresiva, una especie de homenaje poético a Blas de Otero
el poder de la palabra y un ejercicio pirandelliano mediante el que se reflexiona sobre la creación teatral, las relaciones entre ficción y realidad, la función legitimadora del público asistente y el artificio consustancial a toda representación en la que los actores-personajes se convierten finalmente en espectadores que aplauden con entusiasmo a quienes hemos acudido a la sala de proyección. De visión más que recomendable.

José Vanaclocha




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