LUCY

Una mujer es obligada a ejercer de mula y adquiere poderes sobrenaturales cuando la bolsa de la droga se rompe y los narcóticos entran en contacto con su cuerpo, convirtiéndose en una máquina de matar.

INFILTRADOS EN LA UNIVERSIDAD

Los agentes de policía Jenko y Schmidt se infiltran en un campus universitario, aplicando lo que han aprendido hasta ahora sobre actuar encubiertos y así intentar desarticular otra red de narcotráfico.

EN UN PATIO DE PARÍS

Un hombre que ha tocado fondo es contratado para el mantenimiento de un edificio. Una vecina jubilada descubre una grieta en la pared del salón. Poco a poco nace una gran amistad entre ellos.

OPERACIÓN CACAHUETE

A finales de los años 50, en la ficticia población de Oakton (Virginia), la traviesa ardilla Surly y su rata compinche Buddy planean un atraco a un almacén de nueces... que se les acabará yendo de las manos.

LOCKE

Ivan Locke es un hombre que ha trabajado duro para llevar una buena vida. Sin embargo, un día, recibe una llamada que trastoca todo su mundo, iniciando una peligrosa huida contrarreloj.

STEP UP: ALL IN

En esta nueva cinta de la saga "Step Up", varias estrellas de anteriores entregas se enfrentarán en Las Vegas en una batalla que definirá sus sueños y cambiará a algunos sus carreras.

jueves, 21 de agosto de 2014

(3) MI AMIGO MR. MORGAN, de Sandra Nettelbeck.

UN AMERICANO EN PARÍS

De la alemana Sandra Nettelbeck nada hemos sabido desde aquella entrañable Deliciosa Martha (2001), una carencia probablemente atribuible al capricho de los distribuidores, que tampoco han tenido escrúpulos a la hora de cambiar el título original Mr. Morgan's Last Love por Mi amigo Mr. Morgan.

El film,
una coproducción de capital mayoritariamente germano aunque de espíritu francés, fue rodado en diferentes localizaciones europeas y durante el otoño para lograr una fotografía de tonos crepusculares que se adecuara a la historia narrada. Se trata de una adaptación, bastante libre, de la novela La dulzura asesina de Françoise Dorner, dando lugar a una película de fuerte carácter dramático, aunque con toques de comedia romántica, que lo debe casi todo a ese excelente actor que es Michael Caine así como a una elegante y delicada puesta en escena que evita, pese a su carga melancólica, toda concesión a la sensiblería.




Mi amigo Mr. Morgan presenta al viejo profesor de filosofía estadounidense Matthew Morgan, que en el libro es de nacionalidad francesa, afincado en París, viudo y deprimido, hasta que encuentra casualmente a Pauline, una vitalista maestra de baile que pone remedio a su soledad y que despierta sus ganas de vivir. Conflictos paterno-filiales, los inconvenientes de la ancianidad, la fragilidad afectiva en el matrimonio, la irreparable pérdida de una esposa enferma y el choque entre dos culturas con cuestiones abordadas por este relato que, sobre todo, muestra la delgada línea que separa a veces una entrañable amistad del sentimiento amoroso, porque entre el jubilado y la  muchacha lo que predomina es la ternura sin sexo, una relación que lamentablemente acaba derivando a un desenlace determinado por un artificioso giro del guión.

Hay algunos planos generados por la imaginación o la memoria de los personajes evocando situaciones que responden a su fantasía y no a la realidad y, una vez más, un disparatado doblaje, ilógico cuando se debería hablar necesariamente en inglés, convierte en ridículas la escena de la pequeña tienda de comida y la de la alumna particular de lengua.

José Vanaclocha



miércoles, 20 de agosto de 2014

(2) GUARDIANES DE LA GALAXIA, de James Gunn.

ENTRETENIDA EPOPEYA GALÁCTICA

La mayoría de los lectores del Universo Marvel se han criado leyendo las peripecias sentimentales de Peter Parker, alias Spiderman; o las hazañas mitológicas del poderoso Thor; o los desafíos tecnológicos de Tony Stark, alias Iron Man; o el martirio racial de los sufridos X-Men; o las aventuras cósmicas de Los Vengadores. Es por ello que, cuando se anunció el estreno del presente film muchos aficionados escépticos se preguntaron quién era esta panda de perdedores que se desplazan por la galaxia metiéndose en líos.

Pertenecientes a la rama cósmica del panteón marveliano, los Guardianes de la galaxia son los héroes —por decir algo— más raros, imprevisibles y absurdos que el estudio cinematográfico de la Casa de las Ideas ha presentado en la gran pantalla. Ello explica por qué parece ser la película menos superheroica del género. Creados en 1969 por Arnold Drake y Gene Colan, aparecieron por primera vez en la revista Marvel Super-Heroes #18. Sin embargo, Guardianes de la galaxia traslada al cine la nueva versión del estrafalario grupo diseñado por Dan Abnett y Andy Lanning en 2008, formado por los participantes en la saga Annihilation: Conquest.




Ampliando vastamente las fronteras de la franquicia cinematográfica de la archiconocida editorial estadounidense, nos encontramos ante una divertida epopeya espacial que combina inteligentemente humor y aventura en un exuberante relato de ciencia-ficción, siendo inevitable la alusión a cierta saga galáctica creada por George Lucas, pues bebe ingentes cantidades de la imaginería visual de Star Wars: paisajes siderales, naves espaciales, tecnología futurista, razas alienígenas, etc. Resulta inevitable recordar a Han Solo nada más conocer al protagonista Peter Quill/Star Lord, con esa mezcla de ambigüedad moral, chulería y ocurrencia que acaba seduciendo al espectador. O a C-3PO y R2-D2 cuando interactúan Rocket, un mapache armado con un rifle, y Groot, un humanoide con forma de árbol que sólo sabe decir una frase que repite con frecuencia.

Pero además, James Gunn desparrama constantemente referencias ochenteras (música, juguetes, películas, objetos, expresiones coloquiales, etc.) dirigidas a todo tipo de público pero especialmente a aquellos que vivieron su infancia y adolescencia durante esa efervescente década, ofreciendo un sentido homenaje a las soap-operas ambientadas en los más profundo del cosmos.

Su ritmo frenético y su falta de pretensiones pueden engañar al más incauto. Guardianes de la galaxia irradia conocimiento del medio, respeto por los clásicos y apego al trabajo bien hecho. Por muy blockbuster que sea, se percibe que quienes están detrás honran al friki que tienen en su interior.

Pau Vanaclocha



martes, 19 de agosto de 2014

(0) LOS MERCENARIOS 3, de Patrick Hughes.

MÁS TIROS Y MÁS EXPLOSIONES

Sylvester Stallone es un superviviente. Pese a su desgastado aspecto físico y su rostro acartonado por la edad —nació en 1946, por lo que tiene 68 años—, demuestra ser más listo que el hambre. Sólo así se explica su sorprendente resurrección profesional tras el inevitable declive relanzando una carrera que todos dábamos por acabada. Desplazado por una nueva hornada de actores en Hollywood, volvió con éxito reencarnando a los personajes más famosos de su filmografía en Rocky Balboa (2006) y John Rambo (2008), asumiendo además labores de guionista y productor. Fue entonces cuando descubrió su filón particular: reivindicar lo añejo aprovechando el poderoso reclamo de la nostalgia, reclamando la “vieja escuela” como origen y causa de todo lo posterior.




Así nació Los mercenarios (2010), un film carente de pretensiones cuya singularidad fue que reunió a una pléyade de viejas glorias del cine de acción en homenaje a un género que vivió sus años de esplendor en los años 80 y 90. Su inesperado éxito hacía prever una secuela, más espectacular que su predecesora, que se materializó en Los mercenarios 2 (2012). Violenta epopeya para regocijo del fanático seguidor, el film se reducía al enfrentamiento entre un equipo de mercenarios y un grupo de terroristas. Evidentemente, este escueto argumento se sustentaba en una interminable sucesión de escenas de acción plagadas de tiros, explosiones y luchas cuerpo a cuerpo. No hace falta decir que tuvo el respaldo del público, superando los 250 millones de euros en taquilla.

¿Alguien dudaba de la continuación de las hazañas bélicas de Stallone y sus amigos? Tercera entrega de la lucrativa saga, dirigida por un anodino Patrick Hughes, Los mercenarios 3 no es más que la mecánica repetición de un molde prefabricado que cuenta como mayor reclamo una extensa plantilla de entrañables carcamales junto con una nueva generación de actores que tratan de aunar veteranía y juventud, experiencia y vitalismo, ampliando su potencial público. Al menos en esta película se evitan las soflamas militaristas del anterior episodio y las inevitables alusiones patrióticas, que no es poco. Pero en esencia es más de lo mismo: escenas bélicas encadenadas sin apenas cambios de ritmo, sazonadas eso sí por un humor blanco que ensalza el compañerismo y una virilidad mal entendida, adicta a la hipertrofia muscular. Sin novedad en el frente.

PAU VANACLOCHA



(3) BELLE, de Amma Asante.

LAS PARADOJAS DE LA ESCLAVITUD

Son ya muchas las películas realizadas sobre la esclavitud y los conflictos raciales
la mayoría de ellas desde una óptica crítica y progresista— siendo una de las primeras Fugitivos (Stanley Kramer, 1958) y una de las últimas 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013). A este grupo hay que añadir ahora Belle, un melodrama “de época” a favor del abolicionismo inspirado en un caso real, el de la mulata Dido Elizabeth Belle, como atestigua un cuadro de 1779 en el que fue retratada junto a una prima.

El atractivo del film no sólo reside en su cualidad de alegato contra la esclavitud y el clasismo en la Inglaterra del último tercio del siglo XVIII sino también en sus valores propiamente fílmicos (rigurosa planificación, magníficos actores, excelentes diálogos, bellos paisajes y escenarios, riqueza de conceptos, control de emociones, etc.), los de un relato que debe no poco en sus aspectos sociales y afectivos a las virtudes testimoniales de las novelas de Jane Austen y al melancólico romanticismo de los libros de las hermanas Brontë.




Belle es la protagonista de este film, encarnada por la joven actriz Gugu Mbatha–Raw como hija “ilegítima”
huérfana de madre, una esclava negra de las colonias de un almirante de la Royal Navy que es llevada por su padre a vivir en la mansión de su aristocrática familia británica, aunque colocada en una ambigua situación de identidad determinada tanto por su privilegiada ascendencia paterna como por el oscuro color de su piel, siendo excluida por ello de muchas de las actividades habituales de sus parientes.

En el reparto destacan además, como más conocidos, Tom Wilkinson, Miranda Richardson y Emily Watson, cuyos personajes trazan
junto a muchos otrosun documentado panorama sobre la intolerancia y prejuicios de las clases altas del momento, sobre los usos amorosos propios de la nobleza y de los ricos terratenientes (importancia de la dote femenina en los matrimonios concertados, puritanismo oficial de las costumbres, situación subordinada de las mujeres, etc.) y sobre la polémica desatada entonces entre partidarios de la esclavitud (fundamental en muchos negocios y especialmente en las explotaciones agrícolas) y los abolicionistas, seguidores de las nuevas ideas igualitarias del Siglo de las Luces y de la moral libertaria de la Ilustración.

Elemento clave fue el cambio legislativo en torno a la servidumbre
los esclavos eran tratados como simple mercancía y privados de todos sus derechos civiles— propiciado en aquellos años por un famoso pleito entre una compañía de seguros y una naviera, desde uno de cuyos barcos dedicados al transporte de cautivos africanos fueron lanzados al mar, por escasez de víveres, 142 hombres encadenados que perecieron. No mucho tiempo después, en l807, el Parlamento británico prohibió el comercio de esclavos y en 1833 decretó su completa emancipación y su equiparación con los blancos a efectos de ciudadanía.

Muy acertada la música de Rachel Portman, a la que se han añadido fragmentos de F. W. Haendel y de J. S. Bach, aunque por aquel entonces el barroco ya había dejado paso al estilo neoclásico.

José Vanaclocha



(4) LAS MAESTRAS DE LA REPÚBLICA, de Pilar Pérez Solano.

POR UNA ESCUELA LAICA, PÚBLICA Y DE CALIDAD

Pilar Pérez Solano (Alicante, 1968) se interesó por las maestras republicanas tras asistir a unas jornadas organizadas por el sindicato UGT-F.E.T.E. y después de leer Historia de una maestra de Josefina Aldecoa, que le proporcionó abundante documentación para la película. Y pese a haber sido rodada con escasos medios económicos y técnicos
con un reducido equipo de cuatro personas— obtuvo el Goya al mejor largometraje documental en 2014, aunque lamentablemente no fue estrenada en Valencia pero sí exhibida en varias pantallas “no comerciales” y editada en DVD.

El documental es un emotivo testimonio que rinde homenaje
recuperando la memoria histórica— a la labor docente de las maestras de la II República (1931-1939) que no sólo modernizaron la educación en el estado español (había una elevada tasa de analfabetismo y de pobreza, en niños y, especialmente, en adultos) sino que contribuyeron a la emancipación de las mujeres, ganando nuevos derechos y abriendo diversas vías para su acceso a la cultura y al trabajo profesional.




El carácter público, laico, gratuito, democrático y solidario así como la co-educación (sin separación de sexos) en la nueva escuela socavaron las raíces de una España atrasada, tradicionalista y machista, cuya educación estaba en manos
en su mayor parte— de la iglesia católica, volcada en enseñanzas de contenido religioso, elitista y conservador. La película incluye escenas reconstruidas (una actriz como maestra de los años 30 lleva el peso de la narración), abundantes materiales de archivo (fotos, libros, filmaciones, textos en off, etc.) así como numerosas entrevistas a familiares de antiguas maestras, a pedagogos y a historiadores que han investigado el tema.

Tras la victoria de Franco en la Guerra Civil vino la represión: maestras y maestros asesinados, forzados al exilio o “depurados” y condenados a prisión con pérdida de empleo y sueldo durante años, teniendo que refugiarse en las clases particulares y en los centros privados (en Valencia, por ejemplo, en la competente “Academia Castellano”) para sobrevivir, aunque a veces sufrieran la humillación de verse obligados a cantar el “Cara al sol” brazo en alto.

De aquella época, de aquellas escuelas y de aquellas maestras, la película nos transmite también la exigencia del derecho a la educación para todos en igualdad de condiciones (ricos y pobres, niños y niñas, en ciudades y en pueblos), el carácter obligatorio de su primer nivel y la libertad de ideas y de creencias permitida a los alumn@s más allá de la concreta inspiración socialista del ambicioso proyecto didáctico que el film nos ha permitido conocer.

José Vanaclocha



(2) UNA CITA PARA EL VERANO, de Philip Seymour Hoffman.

UN PASEO EN BARCA EN CENTRAL PARK

La traducción literal del título original del film es Jack va a pasear en barca y es adaptación de una obra teatral off-Broadway de Robert Glaudini, en cuya representación escénica ya había participado Philip Seymour Hoffman (1967-2014), el excelente actor estadounidense (Esencia de mujer, Boogie nights, Happiness, Capote, La duda, etc.), recientemente fallecido por sobredosis de heroína, que aquí debuta en la dirección además de encarnar al protagonista Jack y de participar en la producción.

El film, ambientado en Nueva York, centra su atención en personajes corrientes habitando ambientes ordinarios y sumidos en experiencias cotidianas. La literatura y el teatro de EE.UU. ya se habían ocupado de esta gente corriente desde mucho tiempo antes pero en el cine
dominada la industria por la fábrica de sueños hollywoodense— este gris universo humano había irrumpido con posterioridad. Los antecedentes habría que buscarlos en el cine independiente USA, desde Marty (Delbert Mann, 1955), con guión del gran Paddy Chayefsky, a la mayor parte de la filmografía del relevante John Cassavetes, cultivador junto a otros cineastas del llamado “nuevo realismo americano”.




Una cita para el verano es, pues, un retrato amargo y cruel de unos personajes vencidos por la frustración y el miedo, la baja autoestima y el dolor, la inseguridad y la rutina, con dificultades para lograr un trabajo estable y satisfactorio. Lo que llama la atención en esta ocasión es la mirada valiente y desprejuiciada del narrador, libre de las trabas de la censura de antaño, que ya puede insinuar o mostrar abiertamente las intimidades sexuales o la afición a las drogas de los personajes.

Se evita, no obstante, que la película acabe catastróficamente y vemos a Jack intentando superarse (natación, cocina, un nuevo trabajo y posibilidad de afianzar sus lazos amorosos y de amistad) y viviendo un desenlace esperanzado con el verano y el anhelado paseo en barca como metáfora de la felicidad en una época cálida, luminosa y acogedora.

Pero si los actores y actrices rayan a gran altura, no puede decirse lo mismo de la realización de Philip Seymour Hoffman, que se muestra incapaz de dominar todos los recursos expresivos del relato cinematográfico. Repite los planos medios y a veces estanca la narración para subrayar las miserias psicológicas y morales de los personajes, pudiendo percibirse la repetición de situaciones y la falta de matices dramáticos en determinados momentos.
     
José Vanaclocha


miércoles, 13 de agosto de 2014

(1) TRANSFORMERS, LA ERA DE LA EXTINCIÓN, de Michael Bay.

LA CÚSPIDE DEL CINE PALOMITERO

Resulta evidente que la saga Transformers, adaptación fílmica de una conocida serie animada de televisión ochentañera y de una variada línea de juguetes fabricada por las multinacionales del sector Hasbro y Takara Tomy, ha supuesto un punto y aparte en la trayectoria profesional de Michael Bay. Desde que el realizador californiano descubriera petróleo con Transformers (2007) prácticamente se ha dedicado a prolongar aquel éxito con sus sucesivas secuelas, salvo el breve paréntesis que supuso Dolor y dinero (2013). Si ya era conocido en el mundillo como un especialista del género de acción —siendo La isla (2005) su mejor obra hasta el momento—, responsable de las hipervitaminadas Armageddon (1998) y Pearl Harbor (2001), con la citada saga robótica convirtió el tradicional cine-espectáculo hollywoodiense en la poderosa y eficaz industria del entretenimiento global que es hoy en día. Transformers 2: La venganza de los caídos (2009) supuso, en ese sentido, una auténtica oda a la desmesura con una vergonzosa saturación de efectismo digital que apenas dejaba ver la exigua participación de actores de carne y hueso, ampliada todavía más en Transformers: El lado oscuro de la Luna (2011), ya sin la conflictiva presencia de Megan Fox.




La ausencia de los protagonistas originales y una situación de partida distinta a la de las películas precedentes han obligado en esta cuarta entrega a partir casi de cero, en un intento de renovación de la franquicia, presentando nuevos personajes humanos —ni la espontaneidad de Mark Wahlberg, ni la vis cómica de Stanley Tucci ni la caracterización de villano de Kelsey Grammer pueden evitar el desaguisado— y complicando la trama con nuevos conflictos y alianzas. Nace así Transformers: La era de la extinción. Sin embargo, lo que nos cuenta no ofrece nada nuevo a lo ya conocido. Simplificando, el relato es una concatenación de peleas entre buenos (Autobots) y malos (Decepticons reconstruidos por la CIA, agentes del gobierno USA que se alían con alienígenas, un misterioso transformer obsesionado con dar caza a Optimus Prime, etc.) sazonado con un prescindible enredo sentimental sobre un padre viudo que sobreprotege a su hija adolescente intentando alejarla del chico guapo de turno.

En resumen, el film nos ofrece ingentes cantidades de destrucción urbanística incalculable con cambios de escenario —del Chicago post-apocalipsis al emergente Hong Kong: el dinero no entiende de patrias— haciendo uso de los apabullantes medios digitales de última generación que, por sobreexplotación, ya no sorprenden a nadie.

Bay persiste en su propósito de dotar de alma o personajes con entidad a su franquicia. Pero Transformers: La era de la extinción es, más que nunca, un molde prefabricado en el que no caben experimentos autorales ni matizaciones psicológicas. Es el colosal prólogo del videojuego oficial o un descomunal anuncio publicitario de su inminente línea de juguetes. En eso ha convertido el cine palomitero actual.

Pau Vanaclocha




martes, 12 de agosto de 2014

(2) MIL VECES BUENAS NOCHES, de Erik Poppe.

TRABAJO VS FAMILIA

Esta coproducción
por exigencias financieras del proyecto— entre Noruega, Suecia e Irlanda es la primera película que se estrena aquí del galardonado cineasta noruego Erik Poppe, que utiliza sus propias experiencias como reportero gráfico para recalcar lo difícil que resulta compaginar vida laboral y familiar, convirtiendo en protagonista a una mujer y restando verosimilitud a la trama con el fin de aumentar su impacto emocional. El film, cuyo título está sacado de la obra Romeo y Julieta de Shakespeare, obtuvo el Gran Premio del Jurado en el festival de Montreal (Canadá), siendo uno de sus mayores atractivos la presencia de una magnífica Juliette Binoche en el papel principal.

El relato plantea básicamente el dilema personal de Rebecca entre una apacible vida familiar en Irlanda
con su compañero y dos hijas y una actividad profesional como reputada fotógrafa en misiones de máximo riesgo Afganistán, Pakistán, Congo, Kenia, etc.. La pareja está siempre al borde de la ruptura y lo que aparece como firme vocación laboral tiene también rasgos de adicción patológica al peligro, aunque se justifique como un compromiso ético encaminado a dar testimonio directo de situaciones altamente injustas y violentas.




Entre la posibilidad de morir y la amenaza de divorcio discurre esta película que tiene más de melodrama que de alegato político, aunque no se olvida de citar las presiones de Washington para que no se muestre al enemigo de forma amable y para que se omitan las barbaridades cometidas por sus tropas. El público desea ver a la protagonista a salvo en su casa y rodeada de cariño, especialmente en los momentos de mayor horror
la joven suicida cargada de explosivos, la masacre de refugiados, pero también es cierto que agradece que alguien tome imágenes de los acontecimientos mundiales más impactantes. La actitud finalmente comprensiva de la hija adolescente el trabajo escolar en el instituto y un desenlace que deja el problema sin resolver decantan el film hacia el valor de los sentimientos a costa de la fuerza demostrativa de imágenes, quizá demasiado bonitas, capaces de remover la conciencia del espectador.

José Vanaclocha



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