LOS JUEGOS DEL HAMBRE: SINSAJO (PARTE 1)

Katniss Everdeen se encuentra en el Distrito 13 tras destruir los Juegos para siempre. Katniss lucha por salvar a su compañero Peeta Mellark y a una nación alentada por su valentía.

JIMMY'S HALL

La historia real de James Gralton, un joven activista y líder comunista irlandés que se convirtió en el único deportado político de la República de Irlanda.

DOS A LA CARTA

Oscar, un calculador broker urbano, y Dani, un aldeano sin oficio ni beneficio, descubren que son hermanos y se ven obligados a compartir un restaurante perdido en un idílico paraje rural.

EL TIEMPO DE LOS AMANTES

En un viaje en tren, dos desconocidos se miran. Ella es Alix, una actriz francesa que va a París a hacer un casting. Él es Doug, un profesor de literatura irlandés en Londres, que va al funeral de una amiga.

NUNCA ES DEMASIADO TARDE

Diligente y trabajador, el solitiario John May es un empleado del ayuntamiento encargado de encontrar a los parientes más cercanos de las personas que acaban de morir.

MR. KAPLAN

Temiendo morir y no ser recordado, el viejo judío Jacobo Kaplan decide capturar a un viejo alemán, dueño de un restaurante, convencido de que es un antiguo oficial nazi, para llevarlo a Israel.

viernes, 21 de noviembre de 2014

(2) ESCOBAR: PARAÍSO PERDIDO, de Andrea Di Stefano.

EL PADRINO COLOMBIANO

El debutante Andrea Di Stefano configura en Escobar: Paraíso perdido un retrato poliédrico del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar, el Vito Corleone del crimen organizado en Colombia. Y lo hace sin disimular el influjo de los grandes relatos cinematográficos que recrean el mundo del hampa, especialmente la obra maestra de Francis Ford Coppola que inspira el título de esta crítica.

Sorteando el mero thriller sanguinolento, Escobar: Paraíso perdido pretende mostrar no solo la profesión criminal del mencionado personaje, sino que resalta su faceta familiar y su labor filantrópica en un pueblo desamparado al que financiaba obras caritativas con parte de su inmenso patrimonio surgido de la venta de la droga. Avalado por la ingente información disponible, el realizador y guionista italiano compone una imagen tridimensional de Escobar, mostrándolo como un hombre de fuerte personalidad y gran magnetismo, capaz de los gestos más tiernos y cariñosos hacia sus familiares, pero también de los actos más violentos y crueles hacia sus enemigos.




El problema es, sin embargo, el punto de vista del relato, encarnado por un joven canadiense que, enamorado de la hermosa sobrina del narcotraficante, es integrado a su pesar en los turbios negocios de su tío político. Precisamente la peripecia sentimental del protagonista y su relación con Escobar, convertido en un peón útil a las órdenes del patriarca, es lo menos interesante de Escobar: Paraíso perdido, mas no aquellas escenas en las que Benicio del Toro hace acto de presencia y se adueña absolutamente de la pantalla. Sus secuencias son la esencia de la película, lo más interesante que nos cuenta Di Stefano. El resto del equipo artístico, con la excepción de un Carlos Bardem inspirado haciendo de sicario, palidece ante la arrebatadora presencia del actor puertorriqueño.

Escobar: Paraíso perdido podría haber sido un impresionante biopic sobre el amo de la coca colombiana que puso en peligro al mismo Estado sobornando jefes policiales y políticos corruptos. Pero darle importancia al anecdótico romance entre efebos para de forma tangencial aproximarse al verdadero protagonista implica mezclar géneros aparentemente contradictorios, un film de acción y un drama romántico de lo más convencional, cuyo resultado es un tanto decepcionante para lo que podría haber sido este retrato de El Padrino colombiano.

Pau Vanaclocha



jueves, 20 de noviembre de 2014

(2) MATAR AL MENSAJERO, de Michael Cuesta.

EL ALTO PRECIO DE LA LIBERTAD DE INFORMACIÓN

Como ejercicio de denuncia de los abusos del poder y del necesario papel del periodismo crítico en cualquier sociedad libre y democrática, Matar al mensajero cumple satisfactoriamente su cometido. Pero además, el film de Michael Cuesta recupera el espíritu de aquel thriller conspiranoico de los años 60 y 70 del siglo pasado encumbrado por Alan J. Pakula en sus interesantes El último testigo (1974) y Todos los hombres del presidente (1976).

Al igual que en las citadas películas, Matar al mensajero narra la clásica historia de periodista atosigando a instituciones políticas o gubernamentales que actúan fuera de la ley, sufriendo su represalia bajo multitud de formas que oscilan entre las simples coacciones, las serias amenazas o incluso la violencia física que acaba incluso en el asesinato.




Inspirada en la investigación del periodista estadounidense Gary Webb sobre la financiación ilegal de la Contra nicaragüense por parte de la CIA gracias a sus vínculos con el narcotráfico, que inundaron de drogas las principales ciudades del país, Matar al mensajero ofrece un sobrio pero contundente retrato del periodista vigilado y acosado que entrega su vida a su labor informativa. Pero narrativamente el film se divide en dos partes claramente diferenciadas: el descubrimiento progresivo de las ilegalidades cometidas por una agencia de seguridad estatal financiándose con el dinero de la droga para sufragar guerrillas en Latinoamérica y el precio personal que tuvo que pagar el protagonista al denunciar aquellos hechos en su periódico. Desgraciadamente, Michael Cuesta se decanta más por la faceta humana de la historia profundizando en cómo afectó esto a su vida privada, y no tanto por indagar sobre el alcance social y político de tal revelación.

Eso sí, incluye una interesantísima reflexión no solo sobre las amenazas que sufre el periodista por parte del poder cuando revela información sensible, sino también sobre la falta de apoyo del gremio debido a envidias profesionales. Que el protagonista fuera un desconocido a sueldo de un periódico “de provincias” y no un gran comunicador de un medio “global” determinó la campaña de desprestigio que padeció Webb hasta su terrible desenlace.

Pau Vanaclocha



miércoles, 19 de noviembre de 2014

(3) DIPLOMACIA, de Volker Schlöndorff.

PARÍS SE SALVA DE LA DESTRUCCIÓN

Sobre la liberación de París por las tropas aliadas en agosto de 1944 existe un referente fílmico inevitable: ¿Arde París? (René Clement, 1966), una superproducción con aciertos y errores, limitada por su enfoque básicamente comercial, por la agobiante presencia de estrellas de la pantalla, por su larga duración, por su tono propagandístico, por la presencia de lugares comunes y por un heroísmo que silenciaba la militancia comunista de la mayoría de los miembros de la Resistencia.

Diplomacia toma otra dirección pues es una obra minimalista, de breve duración, que adapta al cine una pieza teatral de Cyril Gely, desarrollada como ficción pero basada en hechos reales, que transcurre en la noche y el amanecer entre el 24 al 25 de agosto de 1944 y que describe en enfrentamiento dialéctico entre el cónsul sueco Raoul Nordling (André Dussollier) y el gobernador militar de París, el general Dietrich von Choltitz (Niels Arestrup), dos excelentes actores que ya habían encarnado sus papeles en los escenarios.




Casi toda la película transcurre en el interior del hotel Meurice
con breves salidas al exterior— y se circunscribe al desarrollo de la estrategia verbal del cónsul, que no deja de utilizar pequeñas mentiras y manipulaciones, esgrimiendo razones de humanidad y de salvación del patrimonio artístico-cultural de la ciudad frente a las órdenes de Hitler de destruir la capital francesa antes de la retirada de sus tropas, misión encomendada a un general prusiano fiel, disciplinado y patriota.

Magníficos diálogos, compleja psicología de los personajes, humanización de los contendientes sin hacer de la ideología un dogma, una iluminación de los planos dramáticamente acertada y un evidente alcance didáctico hacen de Diplomacia una interesante película en la que el prestigioso cineasta alemán Volker Schlöndorff
que ya conocía y amaba París tras haber sido ayudante de dirección de J. P. Melville y de Louis Malle ha sabido adaptar el ritmo del relato a las necesidades de cada momento e intensificar o frenar los resortes psicológicos según fuera la evolución de las situaciones. El punto de vista narrativo imprescindible en el cine— lo determina el cónsul sueco con su primer paseo por la calle, su acceso al hotel, la evocación de una Varsovia arrasada y el victorioso desenlace al final de la larga noche.

José Vanaclocha




martes, 18 de noviembre de 2014

(2) THE SKELETON TWINS, de Craig Johnson.

REENCUENTRO AFECTIVO ENTRE HERMANOS

Una producción estadounidense de bajo presupuesto, realizada al margen de la gran industria y rodada en sólo 22 días, que constituye el segundo largometraje de Craig Johnson, mientras su co-guionista Mark Heyman ya había colaborado en el libreto de Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010). La película narra el reencuentro de dos hermanos gemelos (Maggie y Milo) después de una larga separación y tras sendos intentos de quitarse la vida. Su existencia, llena de frustraciones y sin horizontes, viene agravada por el suicidio de su padre y por el distanciamiento de su algo neurótica madre.




El relato centra su atención en la complicada, gris y desdichada personalidad de los protagonistas: él fue seducido de adolescente por su profesor de inglés y ella está casada con un hombre afable por el que no parece sentir un especial cariño. The skeleton twins sortea como puede el tema tabú del incesto para dedicarse a transmitir el sentimiento de desesperanza, sufrimiento y fracaso que ahoga a Maggie y a Milo, subrayando el recuperado afecto que les une y que les da fuerzas para sobrevivir.

Film correctamente realizado y galardonado con el premio al mejor guión en el festival de Sundance 2014 que destaca por la inclusión en su banda sonora de buenas canciones pop de los 80, aunque creo que bastantes de sus situaciones y diálogos resultan un poco forzados y sus detalles de humor no pasan de ser meros rictus ahogados por la honda amargura que atenaza a estos dos seres incapaces de superar su desgracia.

José Vanaclocha



(1) ORÍGENES, de Mike Cahill.

EL PRODIGIOSO SENTIDO DE LA VISTA

Segundo largometraje de Mike Cahill
guionista, director, productor y montador, que debutó con Otra tierra (2011), premiada en Sundance, una película de ciencia-ficción que utilizaba elementos fantásticos convencionales aunque plenamente aceptados y asimilados en cuanto género por el espectador. Orígenes, en cambio, es más un drama anclado en el mundo real que, no obstante, evidencia la contradictoria pasión de M. Cahill por la tecnología y, a la vez, su fascinación por el esoterismo. Soy consciente de que hay algunos críticos que adoran este cine lleno de resonancias místicas, que ellos califican de profundas y trascendentales. A mí este film, con su mezcla de ciencia y de filosofía, repleto de implicaciones líricas, metafísicas y religiosas, me deja frío porque no encuentro en él la coherencia y el rigor exigibles.




Ya es vieja la polémica entre razón y fe. En esta ocasión Cahill vuelve a abordar la cuestión a través de su protagonista, el Dr. Ian Gray, un biólogo molecular que investiga la capacidad animal de captar imágenes lograda a lo largo de millones de años por las diversas especies de la fauna hasta llegar al hombre actual. Y el cineasta queda fascinado por la belleza del ojo humano, por su perfecta funcionalidad, precisión y complejidad pero, sobre todo, por las características del iris, a modo de exclusivo D.N.I. personal, que contribuye decisivamente a la milagrosa función de la vista.

El realizador construye un lenguaje narrativo posmoderno con voluntad de afirmarse como “autor” pero su guión me parece un revoltijo bastante inconsistente, mixtificador y zigzagueante, con el consiguiente desequilibrio entre grandes pretensiones y discutibles resultados. El guión mezcla sin ton ni son amores, almas, ateísmo, muerte, reencarnación, oftalmología, misterios de la vida, evolución darwiniana y genética, entre otras cuestiones, en una especie de “Cuarto milenio” fílmico lastrado por cierto tufillo ideológico de carácter retrógrado que provoca el deslizamiento desde el positivismo a la espiritualidad, desde la experimentación al dogma, desde las evidencias a las creencias y desde el materialismo al concepto de dios. Aquí todo vale.

José Vanaclocha



viernes, 14 de noviembre de 2014

(3) LOREAK (Flores), de José Mari Goenaga y Jon Garaño.

SENTIMIENTOS OCULTOS

Tras su exhibición en los festivales de San Sebastián, Toronto y Londres nos llega esta producción vasca rodada en euskera pero distribuida con doblaje al castellano— de dos cineastas que ya habían codirigido la interesante 80 días (2010), no estrenada comercialmente en Valencia. 

Loreak es un melodrama sencillo, directo y comedido que narra el amor secreto y nunca declarado entre un hombre y una mujer compañeros de trabajo, ambos casados con sus respectivas parejas. Las  flores regaladas anónimamente son el medio mediante el cual se expresan los afectos, primero con los ramos que Beñat envía regularmente a Ane y después los que ésta pone en el lugar de la carretera donde falleció él en accidente de tráfico.




El film es rico en observaciones sobras las interioridades de los matrimonios, las frustraciones y las soledades cotidianas, las discusiones familiares, el vigoroso y algo seco carácter de la mujer vasca, el pudor a la hora de expresar sentimientos… Todo  ello mostrado con grandes dosis de emoción contenida, sin caer en el folletín, se diría que con una sensibilidad algo femenina dada delicadeza, la observancia de los pequeños detalles y sutiles pulsiones psicológicas. Una dirección aplicada y cuidadosa ritmo pausado, cámara contemplativa, esmerada dirección de actrices logra transmitir al espectador las divergencias personales, el dolor ante la muerte y la necesidad e importancia de los recuerdos.

José Vanaclocha


jueves, 13 de noviembre de 2014

(4) INTERSTELLAR, de Christopher Nolan

MAGNA ODISEA ESPACIAL

La ciencia-ficción atesora un vasto patrimonio fílmico formado por centenares de películas mediocres, algunas decenas de títulos interesantes y solo un puñado de obras maestras. Sin temor a exagerar, me atrevo a calificar la última cinta de Christopher Nolan de importante y necesaria, la más ambiciosa de su estimable filmografía, alcanzando casi el mismo nivel de los ya clásicos indiscutibles, véase 2001: Una odisea del espacio (1968), Solaris (1972), Alien, el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982). El motivo de este arrebato de entusiasmo es que este género cinematográfico, que nace prácticamente a la vez que el mismo cine, surge como un instrumento tanto de exploración como de introspección para dar respuesta a los grandes interrogantes de la Humanidad pero también para conocer mejor nuestra propia naturaleza. Esa dualidad aparentemente contradictoria entre lo que hay fuera de nuestro alcance y lo que reside en nuestro interior es la que enriquece el presente film a través de abundantes reflexiones filosóficas —¿qué papel juega el hombre en la inmensidad del cosmos?— y complejas teorías científicas sobre los viajes espaciales, la física cuántica, los agujeros negros y las alteraciones espacio-temporales. Además de entretenernos, la película nos hace pensar... y nos emociona.

Porque si por algo destaca Interstellar es, salvando algunas licencias que permiten pulir y dar esplendor al relato, es su solvente armazón teórico, conmovedor en su mensaje y desafiante en sus conceptos, cuya jerga científica no abusa de tecnicismos pero los emplea con desparpajo y clara intencionalidad didáctica. Contando con el asesoramiento de una eminencia científica como Kip Thome, el cineasta anglo-estadounidense y su hermano Jonathan han escrito el guión de una de las películas de ciencia-ficción mejor  documentadas de la Historia.




En síntesis, Interstellar nos traslada a un futuro próximo donde, mensaje ecologista mediante, una crisis medioambiental global amenaza seriamente nuestra supervivencia como especie. La solución es buscar y colonizar planetas habitables, aprovechando el descubrimiento de un pequeño "agujero de gusano" cerca de Saturno que permite acortar los larguísimos viajes intergalácticos. Un piloto ingeniero, viudo y padre de familia, personaje interpretado con brillante solidez por Matthew McConaughey —¡cuánto ha madurado este actor!—, lidera un grupo de científicos de la NASA en una arriesgada misión por las inmensidades del universo.

Más de dos horas y media de metraje que, sin llegar a fatigar por su ritmo e intensidad, evocan el espíritu de las grandes joyas del género, desde las citadas anteriormente hasta las más recientes incursiones en su fascinante temática, como Sunshine (2007), de Danny Boyle, o Gravity (2013), de Alfonso Cuarón.

El argumento se centra, evidentemente, en el periplo a través de las estrellas del protagonista, llamado Cooper, y sus compañeros cosmonautas, configurando una inmensa parábola de nuestra relación con el infinito y nuestra insignificancia en términos astronómicos. Sin embargo, también irrumpen los sentimientos más profanos. Interstellar nos narra una historia íntima y personal sobre un padre y sus hijos, una relación paterno-filial que sirve de acicate para que nuestro héroe se lance al espacio. El amor de un padre hacia sus hijos logra superar el lógico miedo a la muerte. El soliloquio de Amelia Brand, personaje interpretado por Anne Hathaway —¡me encanta esta actriz y su voz de doblaje!—, defendiendo el amor como la única fuerza a nuestro alcance capaz de adentrarse en la cuarta dimensión ilustra a la perfección cuál es el verdadero motor del film. A estas alturas, ampliando el foco y sobrepasando los límites científicos del relato, resulta inevitable aludir al cine metafísico de Terrence Malick, con El árbol de la vida (2011) y To the Wonder (2012) a la cabeza. Christopher Nolan se pone aquí tierno y reclama en Interstellar los sentimientos como el único camino hacia de trascendencia.

En numerosas ocasiones sus detractores han reprochado al cineasta anglo-estadounidense caer en la pretenciosidad y jugar con el espectador mediante la confusión, pero ha demostrado que a lo largo de su trayectoria profesional ha sabido aunar como pocos el cine espectáculo y el sello de autor, una mezcla muy difícil de conseguir. Y lo hace evitando el recurso al efectismo digital gratuito, propio de aquellas producciones cuyo presupuesto es monopolizado por el departamento infográfico. Visualmente Interstellar logra fascinar al público, especialmente en las escenas espaciales, pero sin jactarse: no existe un solo fotograma manipulado digitalmente que desentone por su ostentación. La austeridad en las formas contribuye a proporcionar credibilidad y al mismo tiempo te haga empequeñecer en la butaca.

Evidentemente, Nolan nos seduce mediante sus hermosas imágenes del vacío sideral mientras escuchamos la banda sonora de Hans Zimmer, nos cautiva con cada visita a planetas variados y distantes. Y nos aterra cuando nos muestra lo frágil que es el ser humano fuera de su hábitat natural, lejos de casa. La belleza y el horror, una combinación magistral. Muy recomendable.

Pau Vanaclocha




martes, 11 de noviembre de 2014

(2) BLUE RUIN, de Jeremy Saulnier.

VENGANZA DESCONTROLADA

Una  producción independiente USA con guión, dirección y fotografía de Jeremy Saulnier, un estudiante de cine y camarógrafo que afirma admirar los libros de Cormac McCarthy, que es su segundo largometraje, un thriller cuyo título original podría traducirse por ”desastre” o “debacle”, habiendo sido premiado y reconocido en los festivales de Cannes y de Gijón, además de haber cosechado los elogios de un amplio sector de la crítica.




No comparto, sin embargo, todo ese entusiasmo pese a valorar positivamente su primera media hora en la que el realizador demuestra un talento reconocible en la precisión de los encuadres, la expresividad de los planos y la capacidad de síntesis narrativa. Lamentablemente, a mi juicio, el relato se va alargando artificiosamente con situaciones demasiado rebuscadas y de dudosa verosimilitud, convirtiéndose en una orgía de disparos, violencia y sangre a manos de un torpe y joven justiciero que pretende castigar al presunto asesino de sus padres. Es decir, la clásica historia de una venganza, salpicada aquí de bromas macabras, que se va complicando en exceso hasta desembocar en una incontrolable sucesión de crímenes.

Adquieren una gran importancia, como causantes del conflicto, las dos familias víctimas de conductas reprobables o de instintos agresivos, pero no se trata de retratar los vicios de la América profunda y rural ni mucho menos de reflexionar sobre ellos. Al no existir una mirada analítica, Blue Ruin se limita en buena medida a seguir la moda imperante en el cine actual utilizando a tope los elementos más característicos del género para lograr el éxito y las mayores recaudaciones en taquilla.

José Vanaclocha




(3) 20.000 DÍAS EN LA TIERRA, de Iain Forsyth & Jane Pollard.

UN MÚSICO SINGULAR

Esta producción británica, rodada en Inglaterra, Francia y Australia, no es una película biográfica al uso: en primer lugar, por la singular personalidad del compositor y cantante Nick Cave
de origen australiano pero afincado en Brighton, Gran Bretañay, en segundo lugar, por el notable talento cinematográfico de los realizadores Iain Forsyth y Jane Pollard, especializados en video-creaciones de “arte y ensayo”, auxiliados esta vez por el magnífico cámara Erik Wilson, que logra imágenes de alta calidad.

20.000 días en la tierra hace referencia a la edad del protagonista, unos 54 años, que ha destacado como solista y como líder de varios grupos a partir de los años 80, especialmente al frente de la banda The Bad Seeds. No estamos, pues, ante un biopic convencional sino altamente creativo, una mezcla de documental y de ficción que narra un día en la vida de Nick Cave, con sus familiares, sus recuerdos, las fotos de su infancia y de viejas actuaciones, su trabajo cotidiano con el teclado, su visita al psicoanalista y sus desplazamientos en coche, acompañado esta vez por el actor Ray Winstone, su antiguo colega Blixa Bargeld y la cantante Kylie Minogue, con los que mantiene improvisadas conversaciones, hasta terminar con un gran concierto multitudinario.




Premiado y reconocido en los festivales de Sundance, Estambul y San Sebastián, el film no sigue un orden cronológico rígido sino que integra de forma aparentemente aleatoria
pero muy coherente y calculada— una serie de objetos personales, cuadernos de notas, pensamientos, fotos de archivo, iconos culturales del siglo XX (estrellas de la música y del cine), diálogos con amigos y esbozos melódicos al piano que forman un moderno y maduro relato biográfico, en modo alguno hagiográfico, sobre una importante figura musical de nuestro tiempo.

Inteligencia, imaginación y humor son las características que definen esta mirada sobre Nick Cave, un gran admirador de Nina Simone y dotado de un estilo emparentado con los de Laonard Cohen o Bob Dylan, un verdadero “autor” que conjuga síntesis expresiva con delicadeza, textos surrealistas con explosiones vocales, el lirismo con el pop-rock y el blues con sonidos de vanguardia. Y además nos sorprende con su aparente modestia y desprendimiento, con su genio inclasificable y con sus reflexiones filosóficas en torno a la existencia humana y al devenir personal, con la inevitable conjunción de la voluntad con el azar.

José Vanaclocha




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